Región de O'Higgins
De galpón de tablas de surf a club social: la apuesta de Los Piures en Punta de Lobos

Un 67% de los habitantes de la Región de O'Higgins considera que la gastronomía de la zona es buena o muy buena, según el estudio Esto es Chile. Detrás de esa cifra hay lugares concretos, y uno de los más comentados en Pichilemu nació en un galpón agrícola abandonado de Punta de Lobos, a un par de cuadras del camino a Cáhuil.
Ahí funciona el Club Social Los Piures, un espacio que reúne exposiciones culturales, una vitrina de vinos locales y un restaurante. El proyecto lo abrieron en 2022 el chef Matías Arteaga junto a Osvaldo Cuadrado e Isidora Thomas, con una meta ambiciosa: recibir a 120 comensales con cocina de la zona. Arteaga llegó a Pichilemu antes de firmar los proyectos capitalinos que hoy lo tienen en el circuito santiaguino, como Toni y Gino Lautaro. En 2025 vendió su parte de la sociedad y dejó el club, que siguió funcionando con sus socios.
"En ese galpón agrícola antiguamente se hacían tablas de surf y vimos que era una joya, un diamante en bruto, porque no tenía nada, pero lo tenía todo: la naturaleza, la posición, también lo poco pretencioso" - Matías Arteaga
El restaurante se levantó en plena pandemia. Según relató Arteaga, la primera tarea fue recorrer y entender el territorio antes de cocinar: se fue a vivir varios meses a la zona para conocer qué se producía. Su conclusión fue que la Sexta Región es "una despensa gigantesca" y que no hacía falta pedir materia prima a otro lado.
De ahí salió la carta: algas, locos, corvina en verano y mucha jaiba, además de quinoa de Paredones, papayas y picantes de las ferias locales. La pesca llega casi todo el año desde la propia costa. El producto más reconocido es el shot de piure, preparado con lo que entrega el sindicato de recolectores "Los Piures" de Punta de Lobos, una comunidad pequeña que mantiene la recolección de orilla. Al grupo le pidieron permiso para usar ese nombre y lo obtuvieron después de un tiempo.
El camino no fue rápido. La patente demoró cerca de seis meses y el obstáculo principal fue la desconfianza de los vecinos, que según Arteaga pensaban que el lugar sería una disco o algo muy distinto a un club familiar. El municipio no trabó el proceso, pero sí escuchó a la comunidad antes de avanzar con los permisos. Hoy, según el relato del chef, esos mismos vecinos son clientes frecuentes y la municipalidad considera al club un aporte para la comuna. La fórmula, dice, fue simple: cumplir lo prometido y abrir las puertas a todos.


