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Cómo influye el calentamiento del océano en la fuerza de las lluvias sobre Chile

El calentamiento del océano no fabrica tormentas por sí solo, pero sí les entrega el combustible que necesitan. Ese es el eje del análisis del experto Diego Campos, quien detalló cómo la temperatura superficial del mar condiciona la intensidad de las lluvias cuando se cruza con otros fenómenos de la atmósfera.
El punto de partida es simple: la capa superior del mar y el aire que la cubre están en permanente intercambio de calor y humedad. Cuando el agua está más caliente de lo habitual, ese traspaso crece, la evaporación se acelera y las capas bajas acumulan más vapor. A la vez, queda más energía disponible para alimentar nubes de gran desarrollo vertical.
Campos precisó que el fenómeno por sí mismo no desencadena temporales. Para que esa humedad se transforme en lluvia fuerte hace falta un mecanismo que ordene y levante el aire. Ahí entran dos protagonistas recurrentes del clima chileno: las bajas segregadas —bolsones gélidos que circulan en altura— y los ríos atmosféricos, corrientes que arrastran vapor desde zonas lejanas.
Con las bajas segregadas, el aire helado que baja por los niveles medios y altos choca con un mar templado, y ese contraste vuelve la atmósfera más inestable. Si además hay agua en forma de vapor en las capas bajas, se arman las condiciones para convección profunda y precipitaciones intensas. El océano, en ese escenario, no origina la tormenta: amplifica lo que ya está en marcha.
Con los ríos atmosféricos el engranaje es distinto, aunque el resultado puede parecerse. Estos flujos mueven enormes cantidades de vapor y, a su paso por aguas cálidas —sobre todo al aproximarse al continente—, suman humedad y calor extra, de modo que el volumen de agua que finalmente cae sobre tierra crece.
Un antecedente que el especialista puso sobre la mesa: en las últimas semanas, con el fortalecimiento de El Niño, la costa chilena registró un calentamiento marcado, concentrado principalmente en el extremo norte del país.
La conclusión práctica es que el calor oceánico opera como amplificador, no como interruptor. Su efecto real depende de la circulación, los vientos y la estabilidad atmosférica; cuando varias piezas calzan, la temperatura del mar puede inclinar la balanza hacia episodios de lluvia más severos. Los trabajos citados en el análisis —sobre olas de calor marinas en el Pacífico noreste y su vínculo con ríos atmosféricos que llegan a costa, más el impacto de aguas más cálidas en el Pacífico tropical oriental durante el aluvión de Atacama de 2015— apuntan en la misma dirección.


